1926-2026: Cuando México desafió a un imperio por su petróleo… y hoy debate cómo gestionarlo
Redacción
Hace cien años, un 12 de enero de 1926, el gobierno de Plutarco Elías Calles enfrentó una de las pruebas más duras de su administración: la protesta formal del Reino Unido por la aplicación del Artículo 27 Constitucional, que declaraba el subsuelo mexicano —y con él, el petróleo— como patrimonio exclusivo de la nación. La Ley del Petróleo de 1925, publicada apenas semanas antes, había establecido que las empresas extranjeras, como la británica Compañía Mexicana de Petróleo El Águila, debían convertir sus títulos de propiedad perpetuos en concesiones temporales de cincuenta años. Londres reaccionó con indignación, tachando la medida de confiscación retroactiva, pero Calles no cedió. Su postura, respaldada por amplios sectores de la sociedad, sentó las bases para lo que sería, doce años después, la Expropiación Petrolera de 1938, un acto que definió la identidad nacional y consolidó a Pemex como símbolo de soberanía.
Un siglo después, el petróleo sigue siendo un tema central en la agenda nacional, aunque los desafíos son distintos. En 2026, México enfrenta presiones internacionales por su política energética, especialmente bajo el T-MEC, donde socios comerciales como Estados Unidos y Canadá han cuestionado medidas consideradas proteccionistas. Al mismo tiempo, el país debe navegar la transición hacia energías limpias, un compromiso global que choca con la dependencia histórica de los hidrocarburos. Mientras algunos celebran el control estatal sobre Pemex y la Comisión Federal de Electricidad (CFE) como garantía de independencia, otros advierten sobre los riesgos de aislarse en un mundo interconectado, donde crisis como la de Venezuela demuestran la volatilidad de los mercados energéticos.
El 12 de enero de 1926 quedó grabado en la memoria colectiva como el día en que México desafió a un imperio para afirmar su derecho sobre sus recursos naturales. Hoy, la pregunta no es solo quién controla el petróleo, sino cómo usarlo para impulsar un desarrollo sostenible, equitativo y alineado con las demandas del siglo XXI. La historia, como siempre, ofrece lecciones: la soberanía no es un logro estático, sino un equilibrio constante entre defensa y adaptación.
