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Tres generaciones sobre dos ruedas: la familia Ruiz y su pasión por el ciclismo en Chihuahua

Nota y fotos por: Silver Juárez Arce

En una mañana fresca de sábado, el centro histórico de la ciudad fue testigo de una escena que combina tradición, salud y convivencia familiar: Jesús Ruiz, de 65 años; su hijo Antonio, de 35; y su nieto Travis, de 7, pedaleaban juntos por la plaza de armas, demostrando que el ciclismo no tiene edad.

La idea de salir a pasear en bicicleta surgió de Travis, el más pequeño del grupo, quien con solo 7 años y cursando el segundo grado de primaria, ya tiene claro que la bici es su medio de transporte favorito. “Me gusta la bici”, respondió con sencillez cuando se le preguntó por qué quiso juntar a su papá y a su abuelo para esta actividad. Su bicicleta, un regalo de Santa Claus cortesía de su abuelo Jesús, es una bicicleta de montaña de 20 pulgadas, mientras que los adultos usan modelos de 26 y 29 pulgadas, adaptadas a sus estaturas.

Esta familia no solo comparte el amor por el ciclismo los sábados, sino que también forma parte de un grupo llamado “Los Lunáticos”, que se reúne todos los lunes a las 8 de la noche en Plaza San Agustín (ubicada en Tecnológico y Pino Suárez) para rodar en compañía. “Somos un promedio de 100 a 150 ciclistas”, explicó Jesús, quien destacó que el grupo prioriza la amistad y el relax, sin competencias. “Traemos nuestras luces y algunos ciclistas más profesionales nos cuidan de adelante y atrás para evitar accidentes”, añadió, asegurando que la seguridad es primordial.

Para los Ruiz, el ciclismo es más que un hobby: es una forma de fortalecer los lazos familiares y mantenerse activos. “Salimos cada tercer día”, comentó Antonio, mientras Travis asintió con entusiasmo. Jesús, el abuelo, aseguró sentirse “muy bien” sobre la bicicleta, sin molestias físicas, y resaltó los beneficios de esta práctica: “Es muy sano y suave, ideal para convivir”.

Antes de despedirse, Travis no dudó en enviar un saludo a “Neto y a los Lunáticos”, el grupo que los acompaña en sus rodadas nocturnas. “¡Que sigan rodando!”, exclamó con una sonrisa, mientras su abuelo y su papá lo secundaban.