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Perros y gatos: ciencia detrás del apego

Durante años se ha repetido la idea de que los perros se apegan a las personas mientras que los gatos se vinculan más a los lugares. La ciencia señala que este planteamiento es parcialmente cierto: los perros suelen mostrar mayor ansiedad por separación, mientras que los gatos toleran mejor la ausencia de sus cuidadores, aunque se alteran más ante un cambio de domicilio. Sin embargo, estas diferencias no responden solo al carácter, sino a la forma en que cada especie construye su sensación de seguridad.

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El punto clave no es a quién aman más, sino qué toman como referencia para sentirse seguros. Para entenderlo, es necesario revisar su proceso de domesticación. En el caso de los gatos, su historia está ligada a la autosuficiencia: durante siglos cazaron y se movieron libremente, por lo que conocer y controlar su territorio era esencial para sobrevivir. Ese instinto persiste hoy y explica por qué los cambios en su entorno —camas, escondites o ubicación de comida— pueden generar estrés.

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Los perros, en cambio, desarrollaron una relación distinta con los humanos. Al recibir alimento y protección, fueron perdiendo habilidades de supervivencia y reforzaron su dependencia emocional. Además, heredan del lobo una estructura social de manada, lo que los lleva a ver a sus tutores como una figura central de referencia, similar a un líder. Por eso buscan compañía constante y muestran mayor inquietud cuando se quedan solos.

Estas diferencias también se reflejan en su comportamiento social. Mientras los perros integran a las personas como parte de su grupo, los gatos suelen relacionarse desde una lógica más individual, viéndonos como compañeros y no como una fuente indispensable de protección. Esto no significa que los gatos quieran menos, sino que su bienestar no depende de forma tan directa de la presencia humana.

Un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Lincoln reveló que, aunque algunos gatos sí muestran signos claros de apego y toman a su cuidador como una base segura, la mayoría no presenta angustia significativa ante su ausencia. Esto refuerza la idea de que, como especie, los gatos dependen más de su entorno que de las personas para sentirse tranquilos, aunque los cambios en la vida doméstica moderna podrían transformar este comportamiento en el futuro.