Gilinsky y el ajedrez electoral colombiano
La familia Gilinsky, con activos cercanos a los 15,000 millones de dólares, es una de las más influyentes de Colombia. Sus negocios abarcan banca, energía y alimentación, pero su papel político más visible se da a través de la revista Semana, dirigida por Vicky Dávila, que hoy respalda abiertamente la candidatura del abogado Abelardo de la Espriella.
La relación entre Jaime Gilinsky y el presidente Gustavo Petro se remonta a finales de los 90, cuando Petro, entonces diputado, apoyó a Gilinsky en su disputa contra el poderoso Grupo Empresarial Antioqueño (GEA) por el control de Bancolombia. Desde entonces, Gilinsky ha sido uno de los pocos empresarios con línea directa con Petro, incluso entregándole un premio y recibiendo apoyo para expandir sus negocios en Venezuela tras la caída de Nicolás Maduro.
El respaldo de Semana a De la Espriella ha generado especulaciones: ¿se trata de un proyecto genuino de derecha dura o de una jugada funcional a Petro para restarle votos a Paloma Valencia, candidata apoyada por el expresidente Álvaro Uribe?
La campaña de De la Espriella, concentrada en prensa y redes sociales, recuerda al formato testimonial de Donald Trump en 2016: mucho ruido mediático, poca estructura de gobierno. A dos días de la primera vuelta, encuestadoras lo colocan como potencial ganador, aunque carece de un equipo sólido para gobernar.
El antecedente de Vicky Dávila, quien intentó sin éxito una candidatura presidencial antes de regresar a Semana, refuerza la idea de que el grupo Gilinsky utiliza su plataforma mediática como laboratorio político.
Comentario editorial
La familia Gilinsky parece jugar al ajedrez con piezas de Monopoly: compran medios, impulsan candidatos y mueven fichas políticas como si fueran propiedades en el tablero. De la Espriella, sin equipo de gobierno, luce más como influencer con toga que como presidenciable.
Petro, mientras tanto, observa con comodidad: si Gilinsky apoya a un candidato que divide a la derecha, mejor para él. En Colombia, la política se cocina con los mismos ingredientes de siempre: poder económico, medios de comunicación y un toque de oportunismo electoral.
La campaña de De la Espriella podría ser el proyecto político más artificial desde que alguien creyó que un reality show podía producir presidentes. Ah, espera…
