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El poder se presta, las instituciones se defienden

Redacción y fotografía por la Mtra Tania Belkotosky Estrada

Las elecciones en Estados Unidos dejan una lección mucho más profunda que la derrota política de Donald Trump y no necesariamente representan el triunfo de la izquierda sobre la derecha, así como tampoco confirman una nueva tendencia ideológica entre los votantes Estadounidenses, sino que nos recuerdan algo mucho más importante: los ciudadanos otorgan su confianza con esperanza y tienen el derecho de retirarla cuando los resultados no correspondan a sus expectativas.

Esto nos invita a reflexionar sobre el agotamiento de una forma de hacer política (tanto de la extrema izquierda, como de la extrema derecha) que han convertido la polarización y el odio en su estrategia permanente, el desacuerdo en enemistad y la lealtad partidista en una justificación para tolerar aquello que antes se condenaba.

Sin contrapesos no hay democracia: la peligrosa ruta de México.

Pero existe otra enseñanza fundamental: una democracia no puede depender exclusivamente de la voluntad de sus gobernantes, necesita instituciones capaces de limitar el poder de los políticos y es precisamente ahí donde México enfrenta uno de sus mayores desafíos.

Durante los últimos años hemos sido testigos de una transformación profunda de nuestro sistema institucional, la reforma judicial modificó radicalmente (y para mal) la integración de los tribunales; también desaparecieron organismos constitucionales autónomos que ejercían funciones de vigilancia y regulación, y se han debilitado mecanismos que permitían controlar, fiscalizar y cuestionar las decisiones del poder público.

El poder sin límites: cuando las instituciones se vuelven cómplices.

La elección de estado de jueces y magistrados de ninguna manera garantiza, una justicia independiente, todo lo contrario, y la desaparición de organismos autónomos no significa que sus funciones dejan de existir, lo que nos obliga a preguntarnos quién carajos vigilará al gobierno cuando esas atribuciones forman parte de instituciones vinculadas al propio poder que deben supervisar.

El problema no es únicamente quién gobierna, sino qué sucede cuando las instituciones dejan de tener la independencia necesaria para decirle que NO al político en turno.

Lo más preocupante es que este deterioro no siempre encuentra resistencia donde debería (al final la clase política en México es ya una amalgama). En Chihuahua, por ejemplo, PAN y Morena coincidieron en la aprobación de la reforma judicial local, una muestra de que las diferencias partidistas no necesariamente se traducen en posiciones distintas cuando se redefine el funcionamiento de las instituciones para beneficio de quienes detentan el poder.

Y mientras la discusión pública se concentra en defender a unos y descalificar a otros, los ciudadanos estamos perdiendo de vista lo verdaderamente importante: la calidad de nuestra democracia, esa democracia que debiésemos estar defendiendo con uñas y dientes por el bien de nuestros hijos.

Elecciones van, instituciones se quedan: la verdadera prueba de la democracia

Porque no basta con tener elecciones, si quienes resultan electos pueden gobernar sin controles efectivos, como pasa en nuestro país, no basta con tener congresos que renuncian a fiscalizar y solo sirven para aprobar lo que les ordenan desde el poder ejecutivo (federal y local aquí no hay distingos entre partidos ni “ideologías”), tampoco basta con tribunales a modo que carecen de condiciones para resolver con la más mínima independencia.

Estados Unidos nos recuerda que el poder puede cambiar de manos y que las instituciones deben estar preparadas para limitarlo, independientemente de quién lo ejerza.

La alternancia permite cambiar de gobernantes pero en México arrastramos las mañas del PRI y la herencia de dictaduras disfrazadas de democracia, quienes detentan el poder pretenden eternizarse en él, recurriendo a las mismas prácticas que parecen traer en su ADN. Los contrapesos impiden que quienes gobiernan se crean dueños del poder y en México se acabaron los contrapesos.

Necesitamos recuperar una convicción esencial: “la democracia no consiste en encontrar gobernantes perfectos, sino en construir instituciones suficientemente fuertes para controlar a gobernantes inevitablemente imperfectos”

También necesitamos comprender que cuestionar a un gobierno no significa apoyar automáticamente a sus adversarios, del mismo modo que exigir resultados no convierte a nadie en enemigo de su país.

La democracia exige ciudadanos críticos, no seguidores incondicionales (y aquí si es culpa nuestra). Porque la confianza ciudadana debe ganarse y, así como se otorga por un tiempo determinado, también tendría que perderse, por eso, las instituciones deben permanecer siempre por encima de quienes, circunstancialmente, ocupan el poder.

“Si le das más poder al poder, más duro te van a venir a joder” (Moloto)