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Realidad Rarámuri en Chihuahua: infancia en las calles y carencias en la Sierra

Nota y fotos por: Silver Juárez Arce

Este sábado, frente a la Catedral Metropolitana de Chihuahua y en la Plaza de Armas de Chihuahua, se observó a menores de edad de la comunidad Rarámuri ofreciendo dulces a los transeúntes. La escena, recurrente en el corazón de la capital, refleja una realidad compleja: la necesidad económica que obliga a familias indígenas a enviar a sus hijos a trabajar en las calles, a pesar de que la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes prohíbe la explotación infantil y establece sanciones para quienes la promuevan.

La Sierra Tarahumara enfrenta condiciones de pobreza extrema, desnutrición, marginación y, en diversos casos documentados en los últimos años, desplazamiento forzado derivado de la violencia generada por grupos del crimen organizado en comunidades serranas. Esta situación ha provocado que algunas familias rarámuri abandonen sus lugares de origen y busquen refugio temporal o permanente en la capital del estado, donde intentan obtener ingresos para subsistir.

Además de la precariedad económica, la sequía persistente y la falta de oportunidades laborales en la región agravan el escenario. En este contexto, niñas y niños migran junto a sus familias a la ciudad, donde su vulnerabilidad aumenta al exponerse al frío, la discriminación y el riesgo de ser víctimas de delitos.

Aunque existen programas gubernamentales como “Chihuahua Crece Contigo” y apoyos del DIF Estatal para atender a comunidades indígenas, organizaciones civiles y especialistas han señalado que los esfuerzos resultan insuficientes frente a la magnitud del problema. Subrayan la necesidad de fortalecer políticas públicas que garanticen acceso efectivo a educación, alimentación, salud y seguridad, así como estrategias integrales que atiendan tanto la pobreza estructural como las causas del desplazamiento.

La presencia de menores vendiendo dulces en espacios públicos del Centro Histórico no solo evidencia carencias económicas, sino también el impacto social que dejan la violencia y el abandono institucional en comunidades originarias. Detrás de cada niño o niña que ofrece productos en la vía pública hay una historia marcada por resistencia, supervivencia y, en muchos casos, por el desarraigo forzado de su tierra.