El ‘último marxista’ se atrinchera: la SEP consuma la salida de Arriaga en medio de una guerra por la conciencia nacional
Redacción
Lo que parecía una simple reasignación administrativa se convirtió en una de las crisis políticas más simbólicas del nuevo gobierno. La Secretaría de Educación Pública (SEP) oficializó la salida de Marx Arriaga Navarro de la Dirección General de Materiales Educativos, pero el desenlace distó mucho de ser un trámite burocrático. Arriaga, el artífice intelectual de los polémicos libros de texto gratuitos de la 4T, protagonizó una resistencia de 72 horas dentro de las oficinas de la dependencia, negándose a aceptar un cese que, según denunció, busca “desmantelar el humanismo mexicano”.
La chispa que encendió la pradera fue la negativa de Arriaga a modificar “una sola coma” de los materiales educativos. Según reveló el titular de la SEP, Mario Delgado, y confirmaron fuentes oficiales, al funcionario se le solicitó incorporar contenidos en lenguas indígenas, visibilizar a mujeres en la historia y fortalecer el humanismo, peticiones que fueron rechazadas bajo el argumento de que “cualquier modificación era atentar contra el legado de Andrés Manuel López Obrador”. Frente a la negativa, la Secretaría activó un cambio en la naturaleza de la plaza para liberar el cargo a partir del 15 de febrero.
Lejos de acatar, Arriaga se atrincheró. En un acto de rebeldía que evocó los viejos mitos de la izquierda revolucionaria, el también académico de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez convocó a sus seguidores a un “foro virtual de 24 horas” y se declaró “director legítimo”, denunciando que se pretendía sustituir el proyecto educativo por un modelo “neoliberal”. El momento alcanzó tintes de tragicomedia política cuando elementos de seguridad intentaron notificarle su salida, a lo que Arriaga respondió retando a los oficiales: “Venga, anímense, que no les dé miedo, están con un obradorista”.
Sin embargo, la narrativa del “desalojo” fue rápidamente desmentida por la propia SEP y matizada por la presidenta Claudia Sheinbaum. La mandataria confirmó que Arriaga no fue despedido, sino que se le ofrecieron alternativas dignas, incluyendo una embajada en Latinoamérica —presuntamente Costa Rica—, las cuales rechazó porque su lucha, en sus propias palabras, “no tiene precio”. Sheinbaum fue tajante al zanjar la polémica: “Los libros de texto no son patrimonio de una persona”, sentenció, aunque aclaró que los contenidos fundamentales de la Nueva Escuela Mexicana (NEM) se mantendrán intactos, limitándose a ajustes menores como la inclusión de mujeres en la historia.
El episodio destapa las profundas fisuras que cruzan al movimiento de transformación. Analistas como Jesús Alberto Hernández, desde Chihuahua, han señalado que este culebrón es un síntoma claro de la “implosión de Morena”. La salida de Arriaga se suma a una lista de bajas notables del obradorismo más puro —como los casos de Adán Augusto López o Jesús Ramírez Cuevas—, lo que sugiere un reacomodo de fuerzas ante las nuevas realidades políticas y, según algunas interpretaciones, las presiones externas.
Pero más allá de las rencillas internas, el fondo del asunto es la disputa por la formación de la niñez mexicana. Durante su gestión, Arriaga fue señalado por sectores conservadores y organizaciones de padres de familia por introducir una “hipersexualización” y una carga ideológica que, a su juicio, sacrificaba la enseñanza de ciencias y matemáticas. La controversia alcanzó niveles diplomáticos cuando se reveló que nombró como subdirector a un venezolano con pasado chavista, lo que encendió alarmas sobre la influencia extranjera en la educación básica.
Con la salida de Arriaga —quien finalmente firmó su renuncia y anunció su regreso a las aulas en Ciudad Juárez—, la SEP ha nombrado a la pedagoga y poeta indígena Nadia López al frente de la Dirección de Materiales Educativos. La pregunta que queda en el aire es si este cambio de mando logrará despolitizar la educación o si, como advierten los analistas, el daño a la conciencia de 24 millones de estudiantes ya está hecho y los libros, con su carga ideológica, se quedarán en las mochilas de los niños para siempre. Mientras tanto, la presidenta Sheinbaum navega entre la lealtad al legado de su predecesor y la necesidad de gobernabilidad, en un tablero donde las piezas del antiguo régimen se niegan a moverse.
