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De bodas, funerales y artistas: las historias que ha vivido Sergio Mendoza en 46 años como fotógrafo

Nota y fotos por: Silver Juárez Arce

Entre el movimiento diario de la Plaza de Armas de Chihuahua capital, hay personajes que se vuelven parte del paisaje del Centro Histórico. Uno de ellos es Sergio Mendoza, mejor conocido entre la gente como “Sergio Boy”, fotógrafo con 46 años de trayectoria y heredero de una tradición familiar ligada a la cámara.

Nací en la fotografía”, cuenta mientras sostiene su equipo y observa el paso de las personas por la plaza. Su historia está conectada con varias generaciones dedicadas al oficio: su abuelo, Narciso Inocente Mendoza, fue fotógrafo y capitán del Ejército; su padre, Héctor Antonio Mendoza Mendoza, trabajó como comandante de fotógrafos de la entonces Judicial del Estado durante los años 80. Ahora, él y sus hijos continúan con la tradición.

“Somos la cuarta generación de la familia Mendoza en Chihuahua”, relata con orgullo.

Durante casi medio siglo trabajando en plazas, eventos y escenarios de distintas partes del país, Sergio asegura haber vivido experiencias de todo tipo. Desde bautizos y bodas hasta conciertos, carnavales y campañas políticas.

Una de las historias que más recuerda ocurrió en la década de los noventa, cuando una familia decidió no quedarse con las fotografías de un bautizo. Tiempo después regresaron buscándolo porque necesitaban una imagen del niño para un funeral.

También recuerda bodas que terminaron en discusión la misma noche o personas que le pedían fotografiar discretamente a sus parejas por sospechas de infidelidad, trabajos que prefería rechazar para evitar problemas.

Su lente también alcanzó escenarios musicales importantes. Entre los artistas que llegó a fotografiar menciona a Lorenzo de Monteclaro, Los Tigres del Norte, Jenni Rivera, Vicente Fernández, Miguel y Miguel y Tito Torbellino, además de múltiples presentaciones en ciudades fronterizas como Ciudad Juárez, Ojinaga, Matamoros y Tijuana.

Para Sergio, la fotografía no solo ha sido un trabajo, sino una forma de vida. “La fotografía me ha dado lo mucho y lo poco, pero nunca me ha dejado sin una cheve”, comenta entre risas.

También se describe como un “captador de momentos” y un “congelador de sueños”, convencido de que cada fotografía guarda un instante irrepetible.

Con el paso de los años, reconoce que el oficio cambió con la llegada de nuevas tecnologías y teléfonos celulares, obligando a muchos fotógrafos tradicionales a adaptarse y aprender también a vender su trabajo directamente en la calle.

A sus 60 años, asegura que la fotografía le permitió recorrer México, vivir con libertad de tiempo y superar etapas difíciles como las devaluaciones económicas y la pandemia de COVID-19, periodo que considera el más complicado de su carrera debido a la ausencia de personas y eventos en espacios públicos.

Aun así, nunca dejó completamente la cámara.

La fotografía ha sido, es y siempre será”, afirma mientras continúa buscando escenas cotidianas en la Plaza de Armas, lugar donde ha pasado gran parte de su vida observando cómo cambian las generaciones frente a su lente.